
Juan Carlos Muñoz murió ayer, a los 90 años, por una afección cardíaca. Fue el último mortal de la mítica delantera. Un wing derecho que quedará en la historia.
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La Máquina se detuvo en la más triste de las estaciones. Juan Carlos Muñoz, a los 90, bajó ayer del último estribo a raíz de una afección cardíaca. Pero su memoria seguirá viajando arriba de esa locomotora que representa a la mejor delantera de River: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.
El wing derecho era el primero en ser nombrado al evocar ese equipo que conquistó la gloria en el bicampeonato de 1941/42. Fue el quinto en despedirse. Por esos destinos del corazón, su muerte coincidió con la culminación del Museo River. Juan Carlos no pudo ir a la inauguración: unos días antes le habían puesto un marcapasos. Estaba internado en el Centro Gallego. Desde ahí mandó una carta para felicitar al club por esta reparación con el pasado. En fin, ya no era una estatua viviente sino una vida tallada para estar por siempre en el Monumental.
Su biografía acreditó un sueño frustrado en Independiente y un breve paso por Dock Sud. En 1939 lo llevaron a la AFA para una reunión. Se fue con la noticia de ser nuevo jugador de River. Lo esperaban 184 partidos jugados, 39 goles y cuatro títulos. Es decir, 11 años en la Primera y de viajes Avellaneda-Núñez en tranvía, tren y unas cuantas cuadras a pie, si no se encontraba con el Ford T de Labruna, para recorrer el trayecto que va desde Barrancas hasta el club.
"Sale el sol, sale la luna, centro de Muñoz y gol de Labruna". De desbordes construyó su leyenda. Se consideraba el más discretos de esos "Caballeros de la Angustia" que nacieron por una mutación posicional que cranearon Peucelle y Cesarini al comienzo de los años 40.
Muñoz llegó a estos días con sus impecables 90 años, viviendo humildemente en un dos ambientes en pleno centro de Avellaneda. No bajó los brazos al cabo de la muerte de su primera esposa. Se volvió a enamorar. Subió al altar con Chiche, una piba de 70 que logró quitarle un par de sotas de encima. Sufría por el presente de River. Disfrutaba de un heladito en la vereda como del hecho de ser reconocido por algún veterano hincha. "Me tenés olvidado", le recriminaba a este cronista cuando pasaban varias vueltas de almanaques sin llamados. Imposible. Los mitos son eternos. Inolvidables.
Para el diario Olé: Federico Rozenbaum
El wing derecho era el primero en ser nombrado al evocar ese equipo que conquistó la gloria en el bicampeonato de 1941/42. Fue el quinto en despedirse. Por esos destinos del corazón, su muerte coincidió con la culminación del Museo River. Juan Carlos no pudo ir a la inauguración: unos días antes le habían puesto un marcapasos. Estaba internado en el Centro Gallego. Desde ahí mandó una carta para felicitar al club por esta reparación con el pasado. En fin, ya no era una estatua viviente sino una vida tallada para estar por siempre en el Monumental.Su biografía acreditó un sueño frustrado en Independiente y un breve paso por Dock Sud. En 1939 lo llevaron a la AFA para una reunión. Se fue con la noticia de ser nuevo jugador de River. Lo esperaban 184 partidos jugados, 39 goles y cuatro títulos. Es decir, 11 años en la Primera y de viajes Avellaneda-Núñez en tranvía, tren y unas cuantas cuadras a pie, si no se encontraba con el Ford T de Labruna, para recorrer el trayecto que va desde Barrancas hasta el club.
"Sale el sol, sale la luna, centro de Muñoz y gol de Labruna". De desbordes construyó su leyenda. Se consideraba el más discretos de esos "Caballeros de la Angustia" que nacieron por una mutación posicional que cranearon Peucelle y Cesarini al comienzo de los años 40.
Muñoz llegó a estos días con sus impecables 90 años, viviendo humildemente en un dos ambientes en pleno centro de Avellaneda. No bajó los brazos al cabo de la muerte de su primera esposa. Se volvió a enamorar. Subió al altar con Chiche, una piba de 70 que logró quitarle un par de sotas de encima. Sufría por el presente de River. Disfrutaba de un heladito en la vereda como del hecho de ser reconocido por algún veterano hincha. "Me tenés olvidado", le recriminaba a este cronista cuando pasaban varias vueltas de almanaques sin llamados. Imposible. Los mitos son eternos. Inolvidables.
Para el diario Olé: Federico Rozenbaum

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